Llevo sentada mucho tiempo encima de este árbol. Demasiado para lo que estoy haciendo: esperar. Y esperar, y esperar... Llevo sentada mucho tiempo encima de este árbol esperando a que en algún momento el precipicio mengue. Y es que desde aquí arriba no se ve ni siquiera el final, imaginaos lo alto que es... pero es tan hermoso visto desde aquí arriba. Al otro lado, si giro la cabeza, con cuidado, no vaya a caer, hay un mar inmenso, con una sirena perfectamente reconocible, aunque llevo un par de semanas sin verla. Y no me atrevo a bajar para comprobar si sigue allí, yo que no muy atrás había sido tan curiosa. Pero el precipicio es tan hermoso... y sin fin. Yo no veo que tenga fin. He de decir que un par de veces me han intentado bajar del árbol y que innumerables criaturas de esta jungla han venido a decir que no es, ni mucho menos, todo lo infinito que creo que es. Pero qué sabrán ellos si nunca les he visto asomarse y jamás han mirado más allá de mi árbol. A veces pienso que hay mar, otros días pienso que hay un suelo muy escarpado, copas de árboles, un gran agujero negro... De lo que estoy segura es de que es muy profundo. Pero ya ha pasado mucho tiempo, me duele el cuerpo de tanto esperar, jamás he mirado más allá del árbol, ni me he asomado al hermoso precipicio. Quizá por miedo a caerme, quizá porque siempre he estado cómoda. Tampoco nunca me había planteado escribir en estas líneas con bolígrafo azul en lugar de negro, parece un relato mucho más vivo. El caso es que me duele ya todo de tanto tiempo tonto esperando. Me bajo del árbol, aunque tardo casi medio día en llevar a cabo esta operación. Estaba entumecida, me ha costado volver a ponerme en marcha. La pantera me ha ayudado a dar unos cuantos pasos cuando por fin he tocado tierra firme. Qué diferentes se ven las cosas desde aquí abajo, es como si por fin tuviese los pies donde siempre habían querido estar. Los pasos me cuestan y la pantera ha retrocedido y me quedo sola con todo este desastre que me he montado en la cabeza, tan asustada, bloqueada, pensando en volver al árbol. Pero me grita un halcón que cómo coño voy a volver atrás tan lejos como he llegado. Y avanzo con los ojos cerrados y, cuando los abro, estoy a casi tan solo tres pasos de llegar al final. De descubrir mi verdad, de terminar con la espera. ¿A qué me tocará esperar después de descubrir qué es lo que hay realmente en el precipicio? Ya se distingue un gran valle verde y dorado a lo lejos. Doy las tres zancadas restantes sin pensar, cegada por la imagen del valle, por el ansia de saber que hay algo más. Y entonces todo se derrumba y no puedo articular ni un solo gesto: ni felicidad, ni tristeza. Todo lo que había soñado se queda colgado de la rama del árbol en la que había estado sentada tanto tiempo. Del filo de mi hermoso precipicio al final de este mismo, apenas hay más de diez metros. El tiempo que he perdido mirando desde arriba empieza a pesarme tanto en los hombros que me caigo de rodillas al suelo. Entonces, grito. Rasgado, sale de mis entrañas, a toda velocidad, se estrella contra la montaña que hay junto al valle y empieza a rebotar sin haber terminado de salir de mi garganta. Me parece infinito, tan infinito como pensaba que era mi precipicio. Ahora que ya sé mi verdad, me quedo en el borde de pie, mirando al no infinito; de mi pies al suelo, del suelo al valle, a la montaña, otra vez a mis pies. Mis pies que no reaccionan. Ahora que lo he descubierto todo y ya sé cómo es en realidad, me sigue pareciendo hermoso, pero soy incapaz de avanzar. Me quedo aquí clavada, quién sabe cuanto tiempo esperaré hasta que salte, o hasta que alguien me empuje.
"Todas las barreras son convenciones esperando a ser transcendidas. La separación es solo una ilusión" - Cloud Atlas.