Desde que se desquició el universo, no he dispuesto ni un
momento de cordura en su compañía. Señalando que llegué a la conclusión de que
todo está basado en los opuestos, o de un lado o del otro, dividí mi mundo en
tierra y agua. Poderosa y notablemente más abundante, el agua; firme y llena de
vida, la tierra. Siempre en las orillas comenzó mi espera, de la estrella que
nunca llegaba, de las melodías que siempre se perdían cerca del final, donde
todo empieza. Sintiendo frío, calor, entusiasmo, miedo, vértigo… notaba que
algo se me escapaba. Jamás me había cuestionado por qué esa cadena al tobillo, permitiéndome
ir a cualquier sitio dentro de mis islas, pero que terminaba perdiéndose en el
mar. Cuando intenté perseguirla y llegar hasta el final, casi termina ahogada,
pero continué con la búsqueda; la cadena parecía acortarse cada vez más, ya no
podía subirme al acantilado. Pese a que continué con mi vida, renegando,
conociendo, arriesgando, implorando el calor de brazos ajenos, gritando por las
noches en silencio, despellejando mi alma frente a buitres carroñeros,
respirando tu mismo aire, pese a estar a veces tan lejos, siendo desleal a mis
llamadas por motivos que nunca entendería hasta llegado el momento… pese a todo
eso, la cadena jamás regresó a su tamaño de antaño y mi frustración crecía
conforme menguaba su longitud. Y de dónde cojones saldría esa cadena y por qué
no paraba de arrastrarme hacia las aguas desconocidas de este mi mundo. Cuando
por fin decidí romper mi standby y volar, seguía sin poder traspasar las nubes,
así que fui en busca del principio, o final, de aquella atadura que empezaba a
taladrar mi cordura. Me sumergí mucho tiempo en las aguas, tan oscuras y
desconocidas que me hacía temblar. Y parecía que jamás llegaría a lo que
buscaba, que no sabía exactamente lo que era, y tampoco estaba muy segura de
querer quererlo saber. De vez en cuando salía a la superficie, y tenía tanto
miedo de intentarlo una vez más que la cadena se hubiese achicado tanto que no
me dejase volver a coger aire, que me armé de un valor sobrehumano y me encaré
conmigo misma, nunca mejor dicho:
Flotando entre las tenues aguas de aquel desierto mojado, la
encontré jugueteando con un ancla majestuosa, casi irreal, como si estuviesen
imantados, la sirena no se apartaba de ella más de cierta distancia. No sé
cuánto tiempo pasé observando la escena, tratando de averiguar quién era ella y
qué hacía aquel ancla atada a mi pie. Sus movimientos eran gráciles, de una
simulada delicadeza que no engañaría a nadie; tenía una melena frondosa, aunque
extrañamente familiar, que me impedía reconocer su rostro. Cuando decidí
acercarme, rompí el silencio, la quietud, y, al parecer, su descuidada danza alrededor
del ancla. Se giró bruscamente y entonces me reconocí. Sufrí una parálisis momentánea
de la que me resucitó mi sirena con una risa estridente que, pese a
encontrarnos bajo el agua, retumbó por todo el mar. Se acercó al ancla y la
agarró con ambas manos en su parte más baja, me dedicó una extraña sonrisa y
tiró del ancla hacia el fondo con un movimiento majestuoso, elegante, feroz,
simple, poderoso… Me quedé pasmada ante aquella muestra de poder hasta que la
cadena me asió el pie y tiró de mí bruscamente. Entonces lo entendí todo;
quienes éramos, contra quien estaba intentando luchar. Me enfrentaba a mí misma
en este duelo, a mi polo opuesto, si pudiese llamarlo así, porque en realidad
me resultó muy familiar, como si llevase viviendo con ella toda la vida (y en
cierto modo así era). Entendí su manera de funcionar; y es que al verla de
frente, había sentido más miedo que en toda mi vida. Y al entenderlo, desprendí
una luz fugaz, como si toda la felicidad que estaba sintiendo en ese momento,
se concentrase en mi pecho. No pareció gustarle, arrugó la nariz y pareció algo
desconcertada. Sus manos parecían querer atravesar el hierro del ancla y sus
músculos se tensaron en un intento de tirar hacia el fondo. Pero brillé, y no
lo consiguió. Esta vez tapó sus ojos, como si le hubiese molestado en exceso la
luz. Y se separó un poco del ancla, que cuando pude tocar, percibí que era
ligera como una pluma.
Desde aquella primera vez, y una vez descubierto donde todo
empieza, la sirena de mi angustia, ya está agonizando. Y aunque preciosa, como
siempre, toca fondo una vez más. Tras mis repetidas visitas. No la quiero por
aquí de vuelta. Porque ya se quedó ciega, ya no me puede encontrar.