sábado, 20 de octubre de 2018

Negro

Aquí me encuentro: sin encontrarme. Rasgo las palabras pensando que algún día podrías leerlas. Las tacho con cuidado, salen con miedo de mis dedos, me cuesta tener que hacer esto.
Escarchada la cara, heladas las pestañas, bajo el vuelo. La mirada la pierdo en algún sitio pero no sé donde, ¿qué punto es el que miro si todo es negro? Veo apenas el vaho que sale de mi cuerpo mientras escupo tu nombre con todas mis fuerzas, aunque apenas se escuche porque está todo vacío. Vacío de todo lo bueno y lo malo. En esta oscuridad a veces se escucha la música quebrada que forman mis latidos. Qué jodida broma: tuyas eran todas las canciones de amor y ahora también las de desamor. Las lágrimas se me congelan en la cara y aunque no las veo se que brillan. Es todo en uno: lo bueno y lo malo. Yo que decía que me quedaba solo con lo primero y he aquí lo segundo, que lo acojo en mis brazos y de repente te quiero con todo (no te quedes solo con lo bueno... os dejaría cojos...) Justo cuando te has ido. Qué macabro el tiempo; que pasa, pese a esta penumbra. Se mezcla la escarcha en mi cara con las lágrimas heladas. Tengo las manos recogidas, la vista cansada de no ver nada. Las pupilas, que no me las veo, dilatadas esperando que llegues otra vez y enciendas todas las velas y vuelva el calor, tu gradito corporal de más y me acojan tus ojos inmensos y me arropes con tus manos (cuantas veces te regañaba porque te mordías los dedos).
Pero no estás.
Tengo el tacto agarrotado y aunque se donde están las velas no puedo encenderlas si no me pasas tú el mechero.
Cuantas ganas he ahogado en mis lágrimas congeladas.
Que no sirven
para nada.

viernes, 7 de septiembre de 2018

No sé


No sé.
No sé cómo pedirte a gritos que vuelvas. Que no puedo soportar mirarme al espejo y no verte detrás, meando sentado, partiéndome el culo de tu cara de recién levantado. No sé cómo decir que ahora, de repente, por arte de magia, echo de menos todas y cada una de las pequeñas cosas que me sacaban de quicio. Echo de menos escucharte por las mañanas haciendo un jaleo monstruoso y se me hace raro cocinar tranquila, sin que nadie me diga que la paella no se hace así, que hay que echar más aceite. Echo de menos tu comida pringosa.
También, por desgracia, echo de menos que me cojas de la mano, que te montes en el coche y me des un besito, pequeñito y necesario. Echo de menos desquiciarte cuando me hacía una bolita y no podía responderte porque dialogar contigo siempre se me hacía bola. Pero tú esperabas, impaciente, mi respuesta, y me mirabas mientras lloraba sin entender nada, pero me mirabas y eso era suficiente. Echo de menos que me seques esas lagrimas de las que te he culpado muchas veces, y siento ser tan ciega de no ver que el problema sigue en mí. Echo de menos que me abraces en silencio cuando despierto sudando y llorando de mis pesadillas.
Me jode. Me jode que te vayas al mismo sitio al que llevo soñando ir tantos y tantos años. Me jode que allí encuentres paz, que te marches sin mí, que no pueda ayudarte a hacer la mudanza como te había prometido. Me jode pensar que allí te enamorarás de nuevo, que una vez más Granada se llevará lo que quiero, que recorrerás calles que son mías, pero sin mí. Me jode querer de una forma egoísta, pero prefiero ser sincera antes que nublarme por dentro, como me pasó contigo, como lo que me hizo perdernos. Me jode que mires la luna desde la Alhambra y no me veas, que conozcas sitios que no conozco y no me los enseñes. Me jode.
Me jode no saber escucharme entre todo el ruido y estar gritando por dentro sin que me escuches. Me jode que ahora seamos otras personas, que los caminos se bifurquen, que no hayamos podido enmendarlo como tantas otras veces. Me jode haberme rendido, aunque fuese necesario.

miércoles, 25 de julio de 2018

Disparo directo en el pecho


Como de raro es el mundo que cuando sonríe te estrangula.
Me siento bien erguida en el trono de la montaña. Expiro y mi mirada cruza veloz la explanada y te encuentra. Y me miras inerte, me sonríes en una mueca y después te desvaneces, o eso creo. Suceden las imágenes vivas, saturadas, sobrexpuestas y con grano, pero nítido permanece el limbo de tus ojos que atraviesa la piel y me encoje hasta los pelos de la nariz. Suceden y vuelan y siguen tus ojos, que pasan a un dorado oscurecido, como piezas de oro a las que el tiempo ha hecho mella y a las que nadie prestó demasiada atención. Ese ocre infinito se expande en mi pecho y me atraviesa como una bala a cámara lenta, sintiendo el quebranto de mis tejidos, escuchando el grito de mi tórax en pedazos, vomitando en recesión la sangre que me queda, atrapando en mi garganta el coro de la banda sonora de nuestra historia. La niebla me invade por dentro, me quema el oxigeno en los pulmones, se cierran los poros de mi cuerpo y experimento una implosion. Y mientras. Mientras. Oro. Un oro triste y despojado de su esencia, oro por el que resbala la miseria de mis entrañas, que me refleja y me ensombrece y me muestra que en esta pantomima que es mi existencia, nunca he sabido bailar. Que todo el desprecio de ese oro es merecido y que por más que grite, sigo bajo el agua, con un ancla en el pie, la mirada camaleónica y cien cuchillos ya clavados en tu espalda.
Y mi mente, volada en mil pedazos con tu bala.

viernes, 1 de junio de 2018

Volver

Latente. Corazón latente. Vida ausente y desbocada. Sentimiento apagado. Calma. Tanta calma.
El ancla tiene raíces. Tanto tiempo la dejé apretarme contra el suelo que se volvió verde, perdió el brillo, se mantuvo ahí como un buen recuerdo del pasado y me miraba de reojo. Y yo miraba a otro lado.
En la tierra firme que piso he construido montañas, he cambiado de forma sutílmente sin saber muy bien por qué. Y me dejé llevar. El tiempo ha pasado y yo me dejé llevar, me olvidé de mi cuerpo, dejé mi alma a un lado y no paré de construir. Ahora tengo un campo sembrado de castillos y no encuentro dónde olvidé la luz. El ancla me mira de reojo. Y por una vez, la miré de frente.
Ando flotando en mi mimismez, buscando sin descanso donde me dejé. Limpié todo el verde marchito del ancla con el mismo agua de mar de donde la saqué y la sentí fresca y cercana pudiendo reconocerme en el reflejo, aunque sin saber de verdad si era yo.
Extranjera de mi misma no paro de buscarme.
Y aun no me encuentro en mis propios ojos que no son los mismos que prometían caos, no son los mismos en los que me veo en un bucle infinito de reflejos y formas. No son, pero ¿soy?