viernes, 13 de diciembre de 2013

Aquella chica.

Un parque no muy grande, yo sola apoyada en una reja y, de repente, una pareja. Más bien una chica que yo sabía que estaba esperando a su novio o algo así. Y ella no paraba de mirarme fijamente. Era morena, creo que de pelo liso, pero no sabría describir su cara. Empezó a reír y a reír y me molestó bastante el pensar que se estaba riendo de mí, pues estábamos solas. La miraba con mala cara, pero ella seguía a carcajada limpia. Un momento después pude ver a lo lejos una moto; el chico al que ella esperaba. Cuando se bajó y se miraron, sentí una rabia infinita. No sabía quién era, no me sonaba su cara, pero tenía claro que le conocía de algo y había sido importante para mí, aunque ni siquiera nos miramos. El odio que experimenté hacia la chica fue como una bofetada en la cara. Estaba muy tensa y ella seguía riendo. No pude evitar explotar y empezar a insultarla. El chico había saltado la reja con su moto y esperaba al otro lado, mirando hacia la nada, y le omití de nuestra pelea.
La chica me miró fijamente mientras yo seguía con mis insultos y levantaba los puños, pero sin atreverme a lanzar ningún golpe. Hasta que atacó. En medio de ese estallido de rabia hacia aquella chica, a la que tenía la sensación de conocer muy bien, abrió la boca y, a partir de ahí, todo fue amargo. No recuerdo sus palabras exactas pero me decía algo así como que estaba encadenada a mí misma, algo demasiado profundo como para que nadie pueda entenderlo, más que ella y yo. Algo que nunca había dicho, como si hubiese leído los libros secretos de mi personalidad en mi cerebro.Cada palabra que decía, era como un puñetazo en las costillas. Yo no podía contener mi rabia y seguía agitando las manos y llorando como jamás en mi vida lo había hecho. Me quedaba sin fuerzas con cada frase que decía, porque sabía que llevaba razón y no tenía argumentos que demostrasen lo contrario. No podía no mostrar que todo lo que aquella chica soltaba por la boca era cierto. Todo lo que me dijo, era todo lo que nunca he querido escuchar. Y cuando paró, se giró hacia un banco que había frente a la reja, e intentó saltar al otro lado. Yo le gritaba que no lo hiciese porque ese chico no era nada bueno. Era una sensación muy extraña, odiaba a aquella chica pero no quería que le pasara nada malo, no quería que cruzase la reja y, además, no podía tocarla en ningún momento. Había una fuerza en aquella chica que le impedía saltar la reja mientras me miraba confusa, como si fuese yo la que sujetaba su cuerpo, aunque seguía a más de un metro de distancia. El panorama terrorífico terminó con una escena muy extraña: el chico saltó la reja con la moto (como si fuese un videojuego o algo así), la recogió y subió al banco para saltar al otro lado. Yo estaba de rodillas en el suelo, casi sin aliento, con ganas de vomitar y suplicando, ya en voz baja, que no lo hiciese.
Jamás supe si pudieron saltar aquella reja juntos.

martes, 3 de diciembre de 2013

Olor a piel mojada

Mejor el olor a piel que a tierra mojada. Acepto quemarme si es debajo de tu ombligo y tú te quemas conmigo. Nada de romper estereotipos, mejor rómpeme las medias que tu tercera pierna lo lleva pidiendo toda la noche, no sigas haciéndola sufrir. Subir y bajar las escaleras, pero sólo si luego vamos a subir y bajar las caderas. En silencio, sin que nos pillen, que siempre me gusta más en la azotea del portal ese del gordo borracho que nos ha dejado entrar. Deja a la luna quietecita allí arriba que esta noche no la quiero compartir, no hace falta que la traigas para mí. Y deja de olerme el pelo, por Dios, ni siquiera sabes cuántos años tengo. Así,  olor a piel mojada, mucho mejor. Me encanta cuando sudan a menos cuatro grados. No insistas en saber dónde vivo, ni quién me regaló ese pendiente, que no es de tu interés. Adiós, muy buenas y salúdame si nos volvemos a ver.