lunes, 28 de abril de 2014

"Qué pronto se hace tarde"

El tiempo es un hijo de la gran puta, un soberano cabrón que ha destrozado mi armadura que forjaron los recuerdos que él mismo me regaló. Es como un mal novio, que me dice que jamás vuelve, pero sigue siempre ahí desgastando las piedras de mi muralla. Es que siempre andamos discutiendo y nuestra relación se vuelve casi fraternal: "Tiempo, devuélveme el momento", como quien pide a su hermana que traiga inmediatamente de vuelta la chaqueta vaquera que le prestó ayer. Pero el "momento" vale muchísimo más que una chaqueta vaquera y me aventuraría a decir que mucho más que cualquier otra cosa que se encuentre en este mundo de ratas y garrapatas (menos tus ojos, tus ojos valen más que cualquiera de las cuatro estrellas de Madrid) Entonces cambiamos de paradigma, dejando a un lado lo cualitativo de mi relación con el tiempo, me adentro de lo cuantitativo y en todos los minutos, segundos, horas, días, lustros, siglos, que se ha comido el muy cabrón. Esto ya se convierte en una guerra insalvable y sin final; este rey es un capullo, arremeto contra él con los ejércitos más preparados y siempre tiene una buena respuesta. Pero nunca me llega a exterminar y lo veo reírse desde el otro campo de batalla, porque por muy afiladas que sean sus espadas, siempre me vence con rosas y sin puñales. Y yo sé que juega conmigo y recuerdo las épocas en las que los días se alternaban entre regalos y batallas de mentirijilla. Pero el juego se ha ido endureciendo, el tiempo ya no me regala nada y, de hecho, cada día me va quitando más. Y yo desde mi castillo sigo mirando cómo el imperio se desvanece, pero aún le puedo robar muchísimas cosas que tiene escondidas entre sus faldas. Supongo que se comporta así porque sigue siendo como todos los demás, de esos que no soporta la libertad ajena y por eso me quiere encarcelar. El problema es que esto es mutuo, yo no soy sin él y él solo es conmigo, pero tendremos que darnos una tregua si no quiero terminar por asumir que la única libertad que existe, es la muerte.

miércoles, 23 de abril de 2014

Que llueva

Ya puede arder el infierno con mis dudas y errores en los confines de esta tierra. Ya puede diluviar esta noche, que yo debajo de tu pecho no veré la misma lluvia que toda esa gente asustada de ahí fuera. Quemas. Y quemas y derrites hasta mis labios cuando intentan besar la mancha de tu ojo pero déjate ya de besos y vamos a jugar, ¡que no hay tiempo que perder y no queda tanto para que amanezca! aunque en realidad en mis piernas ya lleva un rato saliendo el sol. Y entre tus lluvias y mis soles, se ha formado un bonito arco iris que ya quisieran muchos poder contemplar, con todos los colores, desde el verde de tus ojos al amarillo de mi camiseta, pasando por el rojo de tus labios, pero por dentro tú eres gris y apenas dejas que entre la luz. ¡Qué mentira más grande me cuentas! tus ojos no pueden no decir la verdad. Tus ojos, tus ojos, estoy obsesionada con ellos y con los pocos segundos que podemos compartir, que me hables de tus penas y alegrías y pongámonos a pasear por el jardín, yo plantaré flores y tú puedes plantarlas también, pero ya sabes de qué tipo, cariño, de las que lo ves to' a colores. Pero no te quedes callado, por favor, bueno, en realidad sobran las palabras cuando queremos acción. Qué sé yo de tú y de mí perdidos por ese jardín. Que te juro que fue un sueño y en él era más pacífica, gilipollas, no te pegaba esas ostias de antes de caer por la lanzadera de tu cuello. No me mires así que me sonrojas, como al Fito. Más tiempo, más, más y deja a un lado el gris, que te sienta fatal.

Febrero

No te haces a la idea de tu belleza. No te acercas, ni de lejos, a creer conocer las dimensiones de la catástrofe que provoca en mi desierto tu sonrisa cuando todo este feo vacío decide llenarse de ti. Porque se ha intentado llenar de flores y palacios y promesas de muchos otros, pero siempre termina decantándose por las tormentas de arena que desatan tus pestañas cuando se cierran y rozan mis mejillas. Y rompes la estratosfera cuando te agarras a mis caderas para galopar a ritmo rápido con aumentos de tensión y encuentras los puntos de inflexión de mis rodillas, que si, que ya sabes que te hablo del sexo ese que debería ser derecho constitucional unas tres veces al día. Pero es que no es sólo ese desastre, que también haces tormentas en mi oasis cuando hablas de libertad (que la tengo tatuada en las costillas y sabes interpretarla muy bien cuando la besas con esos labios fríos de arcilla) y del futuro, que no sé que será pero ojalá que yo sea algo tuyo y tú mi eternidad. Pero eres como un pájaro de esos exóticos que te encuentras en las tiendas y piensas... dios mío, lo tendría en mi casa enjaulado de por vida pero es tan precioso que sería una aberración. Entiende que no quiera besarte porque siempre me quedaré con ganas de más, con ganas de que esta noche te vuelvas a quedar dormido en mi pecho y despiertes confuso y ¡tetas!
No te haces a la idea de las dimensiones de la catástrofe. Ojalá nunca más pero, a la vez, un "para siempre que queramos", que suele ser un insaciable sin descanso. Ojalá me dejes entrar de lleno en tu alma y sepa si eres realmente lo que he andado buscando o acaso un fracaso de musa en cuyo caso prefiero que te quedes como estás. Pero a ver qué voy a hacer con esta curiosidad infinita que es el cuento de nunca acabar y nunca empezar.