martes, 24 de septiembre de 2013

Hablen. Hablen.

Cojo el bolígrafo esta noche y me voy a escapar del universo. Y todos esos infinitos, me los tomo en el café. Y los imposibles también. Y mi mala cabeza.
Que pierda sentido la palabra "gravedad" y la palabra "belleza". Que me tiren por la borda en mitad del océano si eso significa libertad. Regalenme unas alas de cartón, que me encargaré de hacerlas volar si me dejan ver la mancha de su ojo.
Hablenme de drogas, de tirarse por un puente con una goma atada a los pies. Hablen, pues, de su primera experiencia en la lanzadera de Madrid, cuando te sientes tan milésima como una hormiga roja de esas que se te quedaban enganchadas en las manos cuando te mordían, vaya unas hijas de puta... Hablen, hablen... de esa sensación de adrenalina cuando jugabas al escondite y pensabas que nunca te iban a encontrar porque ese... ese era el mejor sitio para desaparecer. Hablen, hablen.... de aquella primera película de miedo con los colegas solos en casa y el nudo en la garganta porque te cagabas por la pata abajo. Hablenme del primer beso tardío, cuando no sabías ni quien eras, pero no querías moverte, ni escapar, ni esconderte. Hablen, hablen de ese primer beso que dieron borrachos o tras una tarde de nervios dando un paseo por un parque o, como en mi caso, hablen de aquel beso con un desconocido en la parte de atrás de los coches de choque. Hablen de aquel campamento, o aquel cine, sé que su sensación será la misma, independiente el lugar. Hablenme, entonces, de aquel primer amor y todo el rollo del primer polvo, pero, sobre todo, hablen; hablen de su primer orgasmo, cuando se les vencieron las piernas y la luna podía tocarse con la punta de la nariz, aunque lo más cercano a la luna era el culito de aquel que salía por la puerta. Hablenme de su primera fiesta hasta el amanecer. Hablen de la primera vez que mintieron a sus padres y de esos nervios por ser descubiertos fumando un cigarrillo, volviendo a jugar al escondite. Hablen, hablen, de su primera calada a un porro y de todas las demás. Cuentenme sobre las nubes y el LSD. Cuentenme más sobre excesos, vicios, mentiras y adrenalina. Hablen de cuando pierden el sentido, las formas y la ropa interior con el alcohol. Hablen, hablen, del vodka, el ron o la ginebra que les quita la vergüenza hasta a los desvergonzados. Hablenme de su juventud y todos y cada uno de los pasos de astronauta que dieron por los lunares de sus amantes.
Ya puestos en situación, señores, unan todos esos sentimientos en uno solo. Imaginen un polvo en una lanzadera en caída libre, puestos hasta las cejas de LSD y alcohol mientras te fumas un porro y llegas al orgasmo absoluto. Mezclen todas las pieles que hayan probado. Ustedes, señores, reunan todas su felaciones. Y ustedes, las damas, recopilen todos y cada una de las veces que les comieron el alma.
Ahora, definitivamente puestos en situación, entiendan que esas sensaciones, no son una puta mierda en comparación con lo que he sentido yo en brazos de ese capullo. Nada comparable con él y toda la falta de inteligencia de la que gozo. Y de tal sentimiento que les cuento, les digo a la vez que, en realidad, quererle, lo que se dice querer de la forma convencional, nunca le quise y él tampoco. Las cosas diferentes del amor que se encuentran en la ida es algo que no nos enseñan. O hablenme de alguna película disney que enseñe sobre la distancia. Cuentenme algún cuento en que el olvido sea algo positivo. Les admiraré por ello.
No me eduqué a mí misma entre tanta historia de amor casual y nulo y para nada causal, en realidad, sino forzado.
La historia es compleja y de esas que no tienen ni pies ni cabeza. Me hablan de que hay que luchar por lo que se quiere, que hay que dejar en libertad las cosas y si vuelven son tuyas para siempre, que todo lo que sube baja y que el primer amor nunca se olvida. Les digo yo, a ustedes, que se lucha por quien se deja conquistar, que si le has quitado la libertad a una persona es porque no le quieres; nadie te pertenece. Y que el primer amor lo he olvidado.
Nadie teoriza bien sobre la distancia y la cobardía. Nadie escribe cosas reales como que la distancia lo rompe todo, que el tiempo no sirve para curar la herida sino para que se te quede la cicatriz y nadie teoriza sobre el amor propio y el egoísmo y ya se me va de las manos.
Lo que yo les quería contar es que acariciar su pecho es como fumarte un porro mientras juegas al escondite, siendo tu lugar una lanzadera en caída libre, hasta las cejas de LSD y corriéndote con el más salvaje de los orgasmos.
Y que pido disculpas por no tener el valor, ni dar la talla, ni ser tu libertad (pese a que tú si eres la mía)
Mis historias se resumen en 40 folios que, en realidad, te pertenecen.