«Tu situación es abominable -me decía a mí
mismo-, pero no puede ser otra; no tienes ninguna salida; no podrás cambiar nunca, porque, aunque
tuvieras el tiempo y la fe necesarios para ello, no querrías convertirte en otro hombre. Por otra parte,
aunque quisieras cambiar, no podrías. ¿En qué otra cosa te transformarías? ¡Quizá no hay ninguna!»