Hay momentos en nuestra vida en los que nos sentimos importantes, otros diferentes y, muchos otros, insignificantes. Hay momentos de locura transitoria, indiferencia aplastante, aguda decepción, infinita tristeza o infinita alegría. Hay momentos de tensión, de irritación, de querer quemar un pueblo entero y huir a otro lugar en el que la única compañía sea nuestra otra mitad. Por supuesto que hay momentos de ternura, de pasión, de rebeldía y extrema (y dura) felicidad. También hay momentos de quebranto, de risa fácil, de risa tonta y de tontería. Algunos también hay de sumisión, de ganas de suicidio y de terrible desilusión. Combinamos con momentos de desidia, lúgubres caminos, fortuitos encuentros y pasos largos y arrastrados que contrastan con lágrimas de felicidad, temblores de alegría y carcajadas gigantescas de las que te dejan sin aliento.
Yo, que te escribo esto con gran y acojonante amor infinito, he de decirte que me siento orgullosa de poder decir que todos esos momentos los he pasado junto a ti y puedo decir que tú también has compartido los tuyos conmigo. Detrás de todos estos largos años se esconden aún los niños que eramos, somos y seremos. He tenido la gran oportunidad que es conocerte y el gran poder de decir que te conozco. Y conociéndote puedo asegurar que te quiero tal y como eres. Siempre cálido, dispuesto a darlo todo por la gente a la que quieres y que, por supuesto, te quieren. Si hay algún momento con el que me quedaría en especial sería un aburrido día de verano con un buen Marlboro para ambos dos. No preguntes porqué, pero ese día fue como una bocanada de aire fresco, como si hubiese comprendido de una vez por todas que de verdad estábamos allí, uno frente a otro, compartiendo eso que llamamos vida. Me quedaría también (sobra decirlo) con todos y cada uno de esos fuertes abrazos que nos damos cada vez que vuelvo de Madrid.
Muy a mi pesar, también se que estos meses no han ido demasiado bien. Y eso me duele. Me duele porque se que no te lo mereces, que una persona tan grande y fantástica como tú no se merece tal sufrimiento, ni mucho menos. Pero la vida nunca ha sido justa para los soñadores. Prometo estar siempre presente, nunca distante y ser tu colchón en cada caída. Prometo ayudarte a levantarte y darte alas para salir de toda esa mierda lo antes posible.
No he venido a escribirte solo de cosas malas, faltaría más. Quería recordarte también que has sido y serás feliz. Quería recordarte tu sonrisa y tu risa de tardes de verano, de invierno y romerías. Quería recordarte lo fuerte que eres y serás. Recordarte también nuestra doble eme, las fiestas de Paton's house, la música de Robe y aquel pedo tonto a cerveza. Se que sonríes en este momento y quisiera poder grabar en esa sonrisa en mi memoria para siempre porque es la sonrisa de un amigo que merece la pena, de un puto beatle feliz, la persona que me hace sonreír, me entiende y me escucha. Es la sonrisa de mi perro cotorro, del que se tira aguantandome por WhatsApp y me abraza cálidamente siempre que vuelvo de Madrid. Cuando me veas sonreír, recuerda que parte de mi sonrisa te pertenece porque tú formas parte de mi vida.
Ahora con 17, ni más ni menos, yo compongo esta cutre carta para felicitarte desde lo más profundo de mi corazoncito. Creo que sabes perfectamente que te quiero muchito.
Te pido encarecidamente que seas feliz, que recuperes la sonrisa, que recuerdes que te quiero muchito y sigas siendo mi puto beatle favorito. Porque se te nota en la voz que, por dentro, eres de colores aunque estés en permanente estado de espera mientras buscas tu destino, viviendo en diferido y sin ser, ni oír, ni dar.
All you need is love.
Te quiero muchito.