No saber si vodka o ginebra, si ron con coca-cola o a palo seco, que entra mejor.
La confusión de mis neuronas cuando dicen de hablar y el no querer hacernos daño es lo que pretendo cuando te digo que me quiero marchar. Tanto querer sin más motivo y tanto miedo, y tantos metros aun estando en el mismo sillón, uno encima del otro pero veintisiete cuerpos más allá. Como cuando dices que sí pero piensas que no, continuamente. La lucha interna de querer y que te digan que hace daño y nada de corresponder. Cansarme, pero 5 minutos, yo siempre quiero volver y cuando estoy contigo, 5 pasos atrás, porque no hablemos de tallas, la mía siempre es más pequeña. ¿Qué me miras tanto cuando me callo? ¿Acaso es que no me encuentro a mí misma para no querer que me encuentres y así evitarte y evitarme daño? Qué incoherencia, como todo. Como el amanecer o el verde de tus ojos o cuando hablas con esa ilusión o te enfadas porque yo sé que en realidad soy un muermo. Y eso es por lo de las tallas, que nada tiene que ver con el pantalón (aunque siempre estás más guapo cuando te lo quitas), con que yo soy una pulga entre tu pelo revuelto cuando vuela tu camisa y escribiéndote me vuelvo a enamorar de tanta comodidad y todo el rollo de que "mira que me gusta tu pendiente". Y todo sucede ya bien entrada la noche, bien entrado el alcohol y bien entrada en mi cabeza la idea de que ya voy a cerrar ese cajón y esconder al ratón que hay dentro, para siempre, porque no para de roerme el alma (el ratón, no tú). Pero la cierro con tanta severidad que me pillo la mano y al ratón la cabeza y otra vez los dos lastimados. Ya me he perdido completamente muy dentro de mí y he fabricado una mierda tan grande que no hay por donde cogerla. Está tan roto como el jarrón ese que se ha caído ya unas veinte veces cada vez que monto una fiesta en casa. Y lo cierto es que tú siempre has estado tan claro como el agua de la playa en la que nunca follaremos juntos, pero yo siempre tan oscura como mi habitación cuando cerraba las persianas y tú esperabas a la acción. Yo también me asustaría de alguien como yo y jamás tendrás la culpa de que haya perdido la cabeza. En tu contrato lo ponía bien claro y no voy a ir a juicios cuando sé que no llevo razón. Me despido yo solita y tranquilo jefe, que no pido indemnización, aunque sí es cierto que sorprendida me encuentro por su reacción, de no querer insistir un poco más en que no ejerza el despido. Pensaba que era una buena trabajadora, o al menos mediocre. Sólo quería decirle que ninguno de los dos hemos hecho bien nuestro trabajo y ojalá hubiese algún curso de formación para volver a entrar en la empresa. Sigamos obcecados en nuestro miedo. Al fin y al cabo, somos iguales. Y no pretendo cambiarle, por lo tanto, mucha suerte. Al menos podría firmarme una carta de recomendación... Bueno, mejor no, voy a ver si cobro unos meses de paro y mientras arreglo este destrozo de corazón. ¡Oh, no! ¡No se preocupe! Usted ya lo dejó bien claro en su momento. Los golpes me lo he dado solo yo, aunque bien que supervisaba cuando me golpeaba y me cambiaba el martillo cuando ya veía que terminaba mi ronda, ¿eh, capullo?. No vengo a echarle mierda en cara y, en fin, ya está bien. Como dice Marea, supongo que usted seguirá pensando en que "fuimos, somos y seremos nada" Yo voy a ver si me quito el tatuaje que tengo a fuego con tu nombre.
Formalmente me despido, aunque de la forma más ridícula, que queda entre usted y yo. Si, ya sabe de qué sofá le hablo.
Que no te vaya bonito, que te vaya de muerte.