miércoles, 23 de abril de 2014

Febrero

No te haces a la idea de tu belleza. No te acercas, ni de lejos, a creer conocer las dimensiones de la catástrofe que provoca en mi desierto tu sonrisa cuando todo este feo vacío decide llenarse de ti. Porque se ha intentado llenar de flores y palacios y promesas de muchos otros, pero siempre termina decantándose por las tormentas de arena que desatan tus pestañas cuando se cierran y rozan mis mejillas. Y rompes la estratosfera cuando te agarras a mis caderas para galopar a ritmo rápido con aumentos de tensión y encuentras los puntos de inflexión de mis rodillas, que si, que ya sabes que te hablo del sexo ese que debería ser derecho constitucional unas tres veces al día. Pero es que no es sólo ese desastre, que también haces tormentas en mi oasis cuando hablas de libertad (que la tengo tatuada en las costillas y sabes interpretarla muy bien cuando la besas con esos labios fríos de arcilla) y del futuro, que no sé que será pero ojalá que yo sea algo tuyo y tú mi eternidad. Pero eres como un pájaro de esos exóticos que te encuentras en las tiendas y piensas... dios mío, lo tendría en mi casa enjaulado de por vida pero es tan precioso que sería una aberración. Entiende que no quiera besarte porque siempre me quedaré con ganas de más, con ganas de que esta noche te vuelvas a quedar dormido en mi pecho y despiertes confuso y ¡tetas!
No te haces a la idea de las dimensiones de la catástrofe. Ojalá nunca más pero, a la vez, un "para siempre que queramos", que suele ser un insaciable sin descanso. Ojalá me dejes entrar de lleno en tu alma y sepa si eres realmente lo que he andado buscando o acaso un fracaso de musa en cuyo caso prefiero que te quedes como estás. Pero a ver qué voy a hacer con esta curiosidad infinita que es el cuento de nunca acabar y nunca empezar.