miércoles, 25 de julio de 2018

Disparo directo en el pecho


Como de raro es el mundo que cuando sonríe te estrangula.
Me siento bien erguida en el trono de la montaña. Expiro y mi mirada cruza veloz la explanada y te encuentra. Y me miras inerte, me sonríes en una mueca y después te desvaneces, o eso creo. Suceden las imágenes vivas, saturadas, sobrexpuestas y con grano, pero nítido permanece el limbo de tus ojos que atraviesa la piel y me encoje hasta los pelos de la nariz. Suceden y vuelan y siguen tus ojos, que pasan a un dorado oscurecido, como piezas de oro a las que el tiempo ha hecho mella y a las que nadie prestó demasiada atención. Ese ocre infinito se expande en mi pecho y me atraviesa como una bala a cámara lenta, sintiendo el quebranto de mis tejidos, escuchando el grito de mi tórax en pedazos, vomitando en recesión la sangre que me queda, atrapando en mi garganta el coro de la banda sonora de nuestra historia. La niebla me invade por dentro, me quema el oxigeno en los pulmones, se cierran los poros de mi cuerpo y experimento una implosion. Y mientras. Mientras. Oro. Un oro triste y despojado de su esencia, oro por el que resbala la miseria de mis entrañas, que me refleja y me ensombrece y me muestra que en esta pantomima que es mi existencia, nunca he sabido bailar. Que todo el desprecio de ese oro es merecido y que por más que grite, sigo bajo el agua, con un ancla en el pie, la mirada camaleónica y cien cuchillos ya clavados en tu espalda.
Y mi mente, volada en mil pedazos con tu bala.