Como de raro es el mundo que cuando sonríe te estrangula.
Me siento
bien erguida en el trono de la montaña. Expiro y mi mirada cruza veloz la explanada
y te encuentra. Y me miras inerte, me sonríes en una mueca y después te
desvaneces, o eso creo. Suceden las imágenes vivas, saturadas, sobrexpuestas y
con grano, pero nítido permanece el limbo de tus ojos que atraviesa la piel y
me encoje hasta los pelos de la nariz. Suceden y vuelan y siguen tus ojos, que
pasan a un dorado oscurecido, como piezas de oro a las que el tiempo ha hecho
mella y a las que nadie prestó demasiada atención. Ese ocre infinito se expande
en mi pecho y me atraviesa como una bala a cámara lenta, sintiendo el quebranto
de mis tejidos, escuchando el grito de mi tórax en pedazos, vomitando en
recesión la sangre que me queda, atrapando en mi garganta el coro de la banda sonora
de nuestra historia. La niebla me invade por dentro, me quema el oxigeno en los
pulmones, se cierran los poros de mi cuerpo y experimento una implosion. Y mientras.
Mientras. Oro. Un oro triste y despojado de su esencia, oro por el que resbala
la miseria de mis entrañas, que me refleja y me ensombrece y me muestra que en
esta pantomima que es mi existencia, nunca he sabido bailar. Que todo el
desprecio de ese oro es merecido y que por más que grite, sigo bajo el agua,
con un ancla en el pie, la mirada camaleónica y cien cuchillos ya clavados en
tu espalda.
Y mi mente, volada en mil pedazos con tu bala.