miércoles, 27 de noviembre de 2013

Callos

Odio cuando mis recuerdos se ponen dignos y se enfadan sin motivo con mi querida amiga calma y explotan en trifulca en el momento más inadecuado; justo cuando no es el momento. Porque esta Julieta nunca va a entender que era el momento equivocado. Pero, a lo que iba, que putos recuerdos miserables y maldita calma mía que ya podía ser imperturbable.
En mi cabeza, ese terreno llano y casi inexplorado, se esconden que no veas de bien. Además he de añadirle que estos bastardos se disfrazan cojonudamente y cuando menos los esperas... ¡zas! Como cuando hablan de no sé qué mierdas de lunares en el ojo que, bueno, ya se sabe lo que a mí me gustaba explorar los de su cuello. Pero es que ya se pasan de la raya. Algunos han sido muy simpáticos, me dan buenas vibraciones, pero ahora.. les miro con otros ojos. Mira, no sé mucho de la vida, de hecho creo que no tengo ni idea, pero cuando se te hace ese vacío de no tener nada por lo que luchar, ya hasta los buenos recuerdos empiezan a doler. Teórica del amor sin siquiera haber sentido esos labios. Pero a lo de vacío; que no lo entiendo ni yo. Lo intentaré explicar de la manera más gráfica posible:
Cuando te pasas horas tocando la guitarra, pasan varias cosas. En primer lugar, en cuanto dejas de tocar, te duelen los dedos como si te hubiesen clavado chinchetas, se te adormecen las muñecas, tienes los músculos engarrotados... en fin, muy doloroso (consecuencias que tiene el arte; fascinante). Y, en segundo lugar, pasados unos días, se te despellejan los dedos y aquí llega lo mejor de todo: ¡Te sale callo! no sé si se entiende la comparación con el corazón. Lo bueno es que ya no te va a doler lo más mínimo; no vas a sentir nada. Es adorable lo que pueden llegar a hacer unas cuerdas y las ganas de hacerlas sonar. La cuestión es que yo toqué (aporreé, más bien) una guitarra con tanta fuerza y tan mal, durante tanto tiempo, que, además de conseguir un buen callo, rompí las cuerdas y se me rajaron las manos. Imaginaos el estropicio: manos callosas y con heridas. En efecto, tiré la guitarra a la basura. Me regalaron otra preciosa, nada que ver con la anterior, una de categoría, de esas que parece que se amoldan a tu cuerpo cuando las pones sobre tus muslos y la abrazas y... en fin, una hecha totalmente a mi medida. Coloqué los dedos, rasgué y, de repente, me acordé de mi anterior guitarra y, con una incertidumbre abrumadora, la partí en dos. Acto reflejo: si algo parecido te ha hecho daño, lo recuerdas y quiere alejarlo. Pensar que estoy loca es lo más sensato. ¿A quién coño se le ocurre romper una guitarra tan increíble como esa? Y estoy buscando en la basura, por si encuentro aunque sea esas antiguas astillas y, ya de paso, mi cerebro. 
Y podría pasarme horas teorizando sobre las guitarras, el daño y yo sintiéndome guitarra en manos de mi propia guitarra vieja. Pero eso está de más. 
Sin venir a cuento, quería decir que hay algo peor que el dolor, peor que sentir esas punzadas en un sitio donde debe ser lo que llaman corazón y que yo, personalmente, no tengo en el pecho. Y ese algo es no sentir absolutamente nada.