lunes, 6 de febrero de 2012

Nada de subnormalidades

No me agarraría ni a las más lindas fauces del lobo más manso. Ni tengo valor para decir que siempre sale el sol, que todo ocurre por algún motivo. Me escondo en las calles más cercabas a la Locura y espío todos sus habitantes. Cómo se mueven, cómo circulan, cómo rozan, sin notarlo, las paredes. Y sin querer, deseo ser uno de ellos. Tirarme a aquel mundo de caos y desorden y terminar en una de sus esquinas rendida a sus mil vicios y mentiras, a sus sinsentidos y ambiciones no natas. Resisto y solo observo y sueño. Imagino el tacto de las manos de los que allí se encuentran, independientes caminos que se unen casualmente y pensamientos impuros que a pocos les importa demostrar. Dejadez sensata en sus callejones y muestras de apatía por doquier. No es Tristeza ni Alegría quien domina aquel inusual lugar. Indiferencia es, probablemente, la prostituta más conocida por aquellos inútiles que desean evadirse. Siempre quise un lugar así. Con Contradicción divulgando sus palabras hipócritas, Soberbia destrozando lo que Esperanza construyó en su día. No pertenezco a este lugar, pero me gustaría hacerlo. Amo todos y cada uno de sus descoordinados movimientos y sus lindos quehaceres insensatos. Dejadez es una de mis favoritas. Suele tirarse borracha en una esquina, sorbiendo de algún marchito ramo su antigua fragancia. Nunca mira a los demás y simplemente pasa su vida, sola. Es curiosa. Si algún día llegase a conocerla, seríamos buenas amigas.
No quiero darme cuenta de lo que estoy haciendo pero mis pies ya han dado el paso y me dispongo a adentrarme en aquel mundo marchito alejado de la mano de Dios pero tan paralelo al Amor.
Y ya estoy allí. Todos paran y miran un momento. Pero vuelven enseguida a su rutina, a su escondite. Y convertida en uno de ellos, aún no noto nada nuevo. Entro en locales en ruinas, en calles oscuras y busco recuerdos de lo que un día Armonía formó en este lugar. Es como si todo  lo que ya conociera estuviese enterrado. Todo lo conocido ya no tiene sentido. Este aire huele mucho mejor y no tienes que dar explicaciones. Nadie está pendiente de ti y no se preocupan más que por ellos mismos. No miro hacia atrás, sé que no me compensaría. Subo unas escaleras que dirigen a una calle amplia y poco iluminada. Tras de mi, aparece un grupo de individuos que parecen pasar de largo, como si no importase que yo anduviese allí. Pasan horas, días y semanas y yo solo busco algo que no encuentro. No recuerdo mi vida anterior, pero imagenes sueltas vienen a mi cabeza t se me clavan en el pecho como una daga. Pero enseguida alguien me convence de que este sitio es mejor. Nadie sabe que estoy allí y puedo huir en cualquier momento. Me gusta, no quiero salir. Este aire me llena y me satisface, solo ansío un poco más, más cantidad. Puedo salir de allí cuando quiera, no hay problema.
Empiezo a tratar con los individuos que allí se encuentran. Es un lugar no muy grande y ya voy conociendo a la mayoría. Incluso me ayudan a reír. Es ameno aquel extraño mundo. No quiero irme de allí. Para nada.
En todo el tiempo que llevo, el dolor del pecho se ha ido incrementando y solo quiero un poco más de aire para huir de las imágenes. Es difícil, empiezo a echar de menos lo que antes tanto quería. Extraño detalles y algunas cosas que ni siquiera me había percatado de que me pertenecían.
Intento huir, pero es difícil. Ya me he encariñado de los que allí me acompañan. No quiero separarme de ellos. Me paso días enteros, meses, sin respirar de ese maldito aire y en mi pecho hay una herida que acabará conmigo en poco tiempo.
Decido acercarme a la frontera.
Allí me encuentro con antiguos compañeros que me echan de menos. Les prometo volver y charlamos. Pero nunca cruzo la línea, aún no. Falta un poco de tiempo. Les muestro mi herida y les suplico que me ayuden a sanarla. Pero cuando se acercan su mano, temo que ellos acaben en aquel monstruoso lugar y enseguida me aparto, fingiendo que estoy bien. Mi realidad empieza a ser paralela y ya no quiero seguir respirando. Les prometo que no lo volveré a hacer. Y así es. Me paso meses sin respirar.
Mi herida no mejora, pero tampoco va para mal. Parece que los que se encuentran al otro lado la mantienen tal y como está. Y eso me alegra. Pero quiero volver.
Miedo me acorrala en una esquina. No puedo deshacerme de él. Es fuerte, grande y su sola presencia hace que mi herida palpite y el dolor sea intenso. Aparecen tras él mis conocidos. Serenos y pacientes hablan conmigo. Parece que no vean a Miedo, que me sigue acorralando sin moverse. Tras horas, me convencen.
Y dejo que poco a poco mis labios se abran.
El aire inunda mis pulmones.
Miedo desaparece.
Y mi herida... Mi herida parece haberse sanado en gran medida.
Me arrepiento de lo que he hecho desde el momento en que dejo que el aire vuelva a salir. Corro hacia la frontera, pero allí ya no hay nadie.
Les he fallado.
Pasan dos días, tres... Pasan semanas hasta que caen del cielo unas manos.
Me agarran con fuerza.
Y me dejo llevar.
Dos minutos son suficientes para darme cuenta de que estoy en otro lugar. Es frío y solitario. Las tinieblas abundas y la humedad cala los huesos. De algún lugar sale aquella voz que conozco. Aquellas palabras me atraviesan por completo la herida. Cierro los ojos y caigo rendida en el suelo. No sé cuando saldré de aquí. Ni cómo.
En mi cabeza, solo sus palabras retumbando una y otra vez con mil imágenes que demuestran que tu pasado marca incondicionalmente tu futuro:
ME HAS FALLADO.