Ahora lo entiendo todo.
Esa montaña de indiscreción estaba totalmente hecha para su persona que era tan ágil e irresponsable que le tenía agarrado por los huevos. Ya sabía yo que estaba loca y que le volvía loco. Claro. ¡Cómo no haberme dado cuenta antes!. Los cimientos se estaban resbalando tan rápido que apenas tenía tiempo el pajarraco de echar a volar. Y así esta, espachurrado contra el suelo.
Por que, claro, era lógico que aquella maldita montaña iba a quedarse allí fija toda la vida. Era obvio. Tan obvio como que llueve todas las noches sin que te des cuenta. Y la maldita manada de cerdos que me perseguía, me seguía siguiendo. Lo que no aprecio aún es que hay lindos caballeros y cabelleras entre ese tumulto de cerdos. Claro, ya está el chocolate espeso.
Era más que eso. Más que todo lo que yo podía imaginar. Aquella montaña que daba a parar al mar era tan grandiosa, tan bonita, tan perfecta, tan divina, tan provocadora, atrevida, loca, gata, que me hacía sombra. ¡Vaya que si me hacía sombra!. Y estaba repleta, llena, hasta los topes, de aquel maldito color verde que no dejaba mirar para otro lado.
Era lógico, todo tenía sentido ahora. Claro que lo entendía.
Entendía como aquel piojoso galgo me despreciaba y cómo aquel mono de feria me seguía. Entiendo ahora mi frustración. ¿La entiendes tú?. Porque lo que es yo, aún no he entendido nada. Nada en absoluto. Y aquí sigo, eh. A la espera de que esa gran montaña me deje pasar.
Mientras tanto, me dedico a agujerearme. Si, si. Yo me agujereo cada vez que tengo un problema.
Algún día pareceré un colador.
Quien sabe. Igual te gustan los coladores más que las montañas, capullo.