Después de salir de la ducha, cada mañana, escupía en el fregadero. Y, después, agitada, miraba el reloj con cara de circunstancia. Aquel maldito reloj no paraba de comerse los segundos.
Esa mañana, se volvió un poco loca, o un poco cuerda, quién sabe, y destrozó el reloj en mil pedazos, bajó en chanclas y pijama a la tienda de Madame Marie y se llevó el reloj más caro que encontró. Despejó la pared de sus cuadros pintados a mano y de sus poesías y relatos que jamás serían leídos, y lo colgó allí, sin más. A ver qué demonios pasaba. Pero solo pasaba el tiempo y aquel artilugio se comía los minutos de manera más atroz que el anterior.
Garabateó en los filos de madera el nombre maldito que no se sacaba de la cabeza. Y nada ocurrió. Pegó su foto al lado de la hora exacta en la que fue su primer beso. Y nada ocurrió. Le gritó a pleno pulmón que parase de comer las horas y pataleó hasta hacerse daño. Y nada ocurrió. Entonces se plantó frente aparato que ya parecía preocupado por tanto grito y sinsentido, y agarrándole por los costados lo lanzó al suelo sin dejar de gritar "¡Para, para, para!".
Las piezas se distribuyeron por el suelo, los cristales le cortaron los pies y llenó de sangre media estancia. Una ruleta daba vueltas al rededor de sus piernas y sus lágrimas. Entonces decidió que cambiaría aquel reloj caro. Apartó los cristales y se sentó hasta que el sol abandonó la ciudad.
Una vez acabado, con su nombre aun en los filos, lo volvió a colocar.
Su obra maestra ahora no se comía los días, sino que se los devolvía.
Y así quedó contenta, un día más, pensando que aquel reloj le traería de vuelta aquello que, en realidad, nunca le había pertenecido.